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Viaje en tractor a las aguas que calienta el Rincón de la Vieja

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Cortesía de Buena Vista Lodge

El agua es una tortura que nos vuelve un poco masoquistas los primeros minutos pero que, de a pocos, convence al cuerpo de que esta temperatura tiene sentido, de que todo es parte del trato que firmamos tácitamente cuando pusimos el primer pie en el tractor que nos bajó hasta estas aguas que calienta el fuego interno del Rincón de la Vieja.

El tractor lo compartimos con otras 30 personas y con un chofer que maneja este animal mecánico con un poder casi sobrenatural. Tanto que, al final del trayecto de 20 minutos, la cuesta la baja en reversa y sin espejos con la facilidad de quien estaciona una moto en un parqueo vacío.

El viaje de tres kilómetros en tractor es casi una tradición del hotel Buena Vista Lodge, que abrió sus puertas hace 27 años con cinco cabañas, un restaurante y un montón de tierra, otrora dedicada al ganado de la familia Ocampo Fernández, todavía dueña de la propiedad de 450 hectáreas.

 

 

“Con la recesión, cayó mucho el precio del ganado. Eso afectó a todos los ganaderos de la provincia y los dueños visualizaron el turismo como una salida”, me cuenta el anfitrión (concierge) del hotel, José Luis Bustos. Tras casi tres décadas, el complejo tiene 76 habitaciones, un lago, tres restaurantes, un coffee shop, una tienda de suvenirs y 102 empleados.

Son las 4:30 p. m. del último domingo de mayo. El paisaje de finca ganadera desaparece poco tiempo después de que el tractor echa a andar. Pasamos en medio de un bosque nublado y denso que mañana recorreremos sobre puentes colgantes. El camino está húmedo y por la nariz nos entra un olor a tierra mojada que más que un aroma es un sentimiento, una añoranza.

Nos dicen los muchachos que trabajan acá, todos guanacastecos, que el recorrido normal es meternos primero en el sauna, hacernos un tratamiento de barro caliente, ducharnos y entrar a las piscinas, pasando de la más caliente a la más fría.

En el sauna el tiempo transcurre lento y nos empapamos de minerales que nos empujan hacia afuera. No tolero más de cinco minutos, pero benditos cinco minutos. El siguiente paso es el barro, que está calientito y nos saluda la piel con cuidado, casi con cariño, hasta que se adhiere a los poros. Sacarlo, después, es todo un tema.

Unos 20 minutos más tarde, me arrulla una masa de agua entibiada por las entrañas del Rincón de la Vieja, los congos inician su melodía del atardecer y me tomo una copa de vino blanco. De esto habla la gente cuando habla de consentirse.

Tome nota:

 

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